"Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo." Juan 16:33
Hay una escena extraordinaria en Rocky Balboa, la sexta entrega de esta legendaria saga. No ocurre dentro de un cuadrilátero ni frente a miles de espectadores. Ocurre en una conversación entre un padre y su hijo. Allí, Rocky pronuncia unas palabras que han quedado grabadas en la memoria de millones de personas porque describen una realidad que todos, tarde o temprano, terminamos enfrentando.
Le dice a su hijo:
"El mundo no es todo alegría y color. El mundo es un lugar terrible y por muy duro que seas, es capaz de arrodillarte a golpes y tenerte sometido permanentemente si tú no se lo impides. Ni tú, ni yo, ni nadie golpea más fuerte que la vida, pero no importa lo fuerte que golpeas, sino lo fuerte que pueden golpearte. Y lo aguantas mientras avanzas. Hay que soportar sin dejar de avanzar, así es como se gana. Si tú sabes lo que vales ve y consigue lo que mereces, pero tendrás que soportar los golpes. Y no podrás estar diciendo que no estás donde querías llegar por culpa de él, de ella ni de nadie, eso lo hacen los cobardes y tú no lo eres".
Este fragmento de película, nos recuerda algo: la vida no es fácil. La vida golpea. Golpea los sueños, golpea los planes, golpea el corazón y, algunas veces, golpea tan fuerte que nos deja preguntándonos si tendremos fuerzas para volver a levantarnos. Parece una genial forma de describir la vida , pero Nuestro Señor Jesucristo lo expresó muchas años antes que la vida no es fácil y que esta llena de aflicción, pero él no solo pone el énfasis en nuestra capacidad, al contrario de Rocky, sino nos extiende sus manos para transitar por este camino.
Quizá por eso las palabras de Jesús resultan tan impactantes.
Él no nos prometió un camino libre de dolor. No nos dijo que todo saldría como lo habíamos planeado. No nos aseguró que nunca lloraríamos ni que jamás sentiríamos miedo. Con absoluta honestidad nos advirtió: "En el mundo tendréis aflicción".
Y qué cierta es esa afirmación.
Hay temporadas en las que parece que todo se derrumba al mismo tiempo. La salud se complica, las oportunidades desaparecen, las puertas se cierran, las personas cambian y los proyectos que alimentamos durante años parecen escaparse de nuestras manos. Son momentos en los que el alma se cansa y el corazón comienza a preguntarse si vale la pena seguir luchando.
Pero es precisamente allí donde aparece la segunda parte del mensaje de Cristo: "Confiad, yo he vencido al mundo". Y esto a veces nos confunde, porque no nos está diciendo que Él nos sacará de los embrollos. Nos dice que la vida nos golpeará y que lloverá con una fuerza descomunal y que a veces no habrá momentos milagrosos que detengan la lluvia o vientos impetuosos, sino que atravesaremos esas situaciones, pero que al final, Él está presente y todo lo que ocurra está en sus manos.
Jesús no nos invita a negar la realidad. A ser niños consentidos. Tampoco nos llena de optimismo ingenuo. Es una declaración de esperanza en medio de la batalla, porque la vida merece ser vivida.
Merece ser vivida cuando todo marcha bien, pero también cuando las lágrimas aparecen sin previo aviso. Merece ser vivida cuando celebramos victorias y cuando atravesamos derrotas. Merece ser vivida porque nuestro valor no depende de las circunstancias que enfrentamos, sino del Dios que camina con nosotros a través de ellas.
Es normal que las derrotas nos llenen de miedo y temores. Temor al fracaso. Temor al rechazo. Temor a no ser suficientes. Temor a comenzar de nuevo. Temor a equivocarse una vez más. Y esos miedos, cuando no son enfrentados, terminan construyendo cárceles invisibles que limitan nuestros sueños mucho más que cualquier obstáculo externo. Sin embargo, Dios jamás nos llamó a vivir escondidos detrás de nuestras inseguridades.
Nos llamó a avanzar. A seguir caminando cuando las fuerzas parecen agotarse. A levantarnos cuando la vida nos ha puesto de rodillas. A creer cuando todo alrededor parece invitar a la duda. A perseverar cuando otros han decidido rendirse.
Hay algo profundamente poderoso en una persona que decide continuar. No porque no tenga heridas, sino porque entiende que sus heridas no definen su destino. No porque ignore el dolor, sino porque ha descubierto que el dolor también puede transformarse en crecimiento. No porque nunca haya caído, sino porque ha aprendido que cada vez que Dios lo levanta se vuelve más fuerte, más sabio y más consciente de la gracia que lo sostiene.
Es normal atravesar por temporadas difíciles o muchas veces una vida llena de dificultades. Quizá llevas semanas, meses o incluso años cargando una lucha que nadie más conoce. Quizá has recibido más golpes de los que creías poder soportar. Si es así, recuerda esto: Dios sigue escribiendo capítulos donde tú solo ves páginas en blanco. Sigue abriendo caminos donde tú solo ves muros. Sigue sembrando esperanza donde tú solo percibes incertidumbre. Nuestro Señor Jesucristo no nos promete salidas fáciles y milagrosas, pero nos aclara, que el venció, así que todo lo que nos sucede es parte de su plan y que él está contigo.
No te rindas. Nunca. No permitas que el miedo tenga la última palabra. No permitas que tus inseguridades definan tu futuro. No permitas que una derrota temporal te haga olvidar las promesas eternas de Dios.
La vida golpea, sí. A veces más fuerte de lo que imaginábamos. Pero existe una verdad aún más grande: ninguna aflicción es más poderosa que la mano de Dios sosteniendo a uno de sus hijos. Y mientras Él siga contigo, siempre habrá una razón para levantarte una vez más y seguir adelante.
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