Un intercambio

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Uno de los recuerdos más gratos de mi infancia es el saludo que le daba a mi padre al volver del trabajo.

Mi madre, que trabajaba en el turno vespertino en el hospital, se iba de casa a las tres de la tarde. Papá llegaba a las tres y media. Mi hermano y yo quedábamos solos durante esa media hora con instrucciones estrictas de no salir de casa hasta que llegase papá.

Ocupábamos nuestros puestos en el sofá y mirábamos dibujos animados, siempre manteniendo un oído atento a la entrada del automóvil. Incluso el mejor «Pato Lucas» se abandonaba cuando escuchábamos su auto.

Puedo recordar cómo salía corriendo a encontrarme con papá y él me levantaba en sus grandes (y a menudo transpirados) brazos. Al llevarme hacia la casa, colocaba sobre mi cabeza su sombrero de paja de ala ancha y por un momento me convertía en vaquero. Nos sentábamos en el zaguán mientras él se quitaba sus engrasadas botas de trabajo (nunca se permitía entrar con ellas en casa). Cuando se las quitaba, yo me los ponía, y por un momento me convertía arriero. Luego entrábamos y abría el recipiente donde llevaba su almuerzo. Cualquier bocadillo que le quedaba, y casi siempre parecía quedarle algo, era para que compartiésemos mi hermano y yo.



Era fabuloso. Botas, sombreros y bocadillos. ¿Qué más podría desear un niño de cinco años?

Pero supongamos por un minuto que eso fuese lo único que recibiese. Supongamos que mi papá, en lugar de venir a casa, simplemente enviase algunas cosas de regreso. Botas para que juegue en ellas. Un sombrero para que me ponga. Bocadillos para que coma.

¿Sería eso suficiente? Tal vez sí, pero no por mucho tiempo. En poco tiempo los regalos perderían su encanto. En poco tiempo, o tal vez inmediatamente, preguntaría: «¿Dónde está papá?»

O considera algo peor. Supón que me llamase y dijese: «Max, ya no regresaré más a casa. Pero te enviaré mis botas y sombrero, y cada tarde podrás jugar con ellos».

No hay trato. Eso no daría resultado. Hasta un niño de cinco años sabe que es la persona, no los regalos, lo que hace que una reunión sea especial. No es por las guarniciones; es por el padre.

Imagina que Dios nos haga una oferta similar.

Te daré cualquier cosa que desees. Lo que sea. Amor perfecto. Paz eterna. Nunca tendrás temor ni estarás solo. No entrará confusión a tu mente. No entrarán la ansiedad ni el aburrimiento a tu corazón. Nunca tendrás necesidad de nada.

No habrá pecado. Ni culpa. Ni reglas. Ni expectativas. Ni fracaso. Nunca sentirás soledad. Nunca tendrás dolor. Nunca morirás.

Sólo que nunca me verás el rostro.


¿Querrías eso? Tampoco yo. No es suficiente. ¿Quién quiere el cielo sin Dios? El cielo no es cielo sin Dios. Tomado de Cuando Dios Susurra Tu Nombre, de Max Lukado 

A veces nos imaginamos el cielo y nos imaginamos a Dios, pero muchas veces intercambiamos la oportunidad de ser amigos de Dios aquí y poder verlo aquí y su actuar en nuestra vida, por nuestros sueños y ambiciones y lo que queremos ser y.....
Cumplimos nuestras metas, pero no su voluntad....
Soñamos con grandes cosas, pero no dejamos que el Cumpla su propósito en nustra vida.
Vivimos cansados de buscar el éxito, pero el nos brinda la oportunidad de ser exitosos.
Ganar es nuestra esperanza, cuando Dios nos enseña a aprender de lo que ocurra.
Queremos que Dios nos proteja, pero no buscamos su protección.
Amamos nuestra vida, pero no a quién nos dió la vida.

Piensa un poco, ¿qué es lo mejor Ganar y triunfar en la Vida o Vivir eternamente sin Dios, que es la mayor expresión de Amor????

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