“Haz todo lo posible por ganarte la aprobación de Dios. Así, Dios te aprobará como un trabajador que no tiene de qué avergonzarse, y que enseña correctamente el mensaje verdadero.” 2ª. Timoteo 2:15
Nadie está exento de cometer errores. Ni los líderes. Grandes líderes que han impactado a través de su mensaje han tenido errores en todas las áreas de su vida. Es necesario tomar en consideración dichas situaciones y aprender de su experiencia para no caer en ella y tener un liderazgo fuerte que cumpla la voluntad de Dios.
1. El orgullo:
“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.” Proverbios 16:18. RVR 1960
El orgullo es una gota que cae en el corazón, que debilita el carácter y nos deja a un paso del fracaso. Agustín de Hipona dijo: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano.” Y es una gran verdad, porque el orgullo no deja ver a otros, nos hace vivir para nosotros, servir para que me respeten, liderar para obtener reconocimiento.
El líder no debe buscar la grandeza o que su nombre sea siempre el primero o el más mencionado. Debe entender que él es parte de una organización y que todos han hecho algo para lograr las metas. A él se le ha delegado una responsabilidad que debe cumplir, inspirando a los demás, luchando con ellos, instruyendo, desarrollando los talentos de otros.
Lo importante del liderazgo, es reconocer que somos administradores. Que un día Dios nos pedirá cuenta de nuestras acciones y que en la humildad se encuentra la verdadera grandeza.
- Reconoce que no eres tan importante como crees.
La soberbia susurra que todo depende de ti, pero la realidad es otra. La vida continúa, las personas avanzan y Dios sigue obrando con o sin nosotros. Cuando entiendes que eres un instrumento y no el centro, el ego comienza a perder su fuerza.
- Rodéate de personas que te digan la verdad.
Si todo lo que escuchas son elogios, estás en riesgo. La soberbia crece donde no hay corrección. Necesitas personas cercanas que tengan el valor de señalarte cuando te equivocas, porque esa verdad, aunque incomode, es la que te mantiene firme.
- Aprende a pedir perdón con rapidez.
El orgulloso se justifica; el humilde reconoce. No se trata de explicar demasiado, sino de asumir con sencillez. Decir “me equivoqué” a tiempo es una de las maneras más efectivas de debilitar el ego.
- Vuelve a la dependencia de Dios.
La soberbia aparece cuando crees que todo lo has logrado por ti mismo. Sin embargo, todo lo que tienes ha sido dado. Recordarlo te mantiene en una posición correcta, donde la gratitud reemplaza al orgullo.
- Nunca olvides de dónde fuiste levantado.
Recordar tu proceso, tus errores y tus momentos difíciles no es para vivir en culpa, sino para mantenerte humilde. Cuando olvidas tu historia, el orgullo crece; cuando la recuerdas, la humildad se fortalece.
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