Claves para Lograr un Corazón de Adorador: Con Transparencia y Gratitud (No. 7)

Con transparencia y gratitud:
Entrad por sus puertas con acción de gracias, Por sus atrios con alabanza; Alabadle, bendecid su nombre.” Salmos 100:4

«Dos hombres fueron al templo a orar. Uno de ellos era fariseo y el otro era cobrador de impuestos.» Puesto de pie, el fariseo oraba así: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres. Ellos son ladrones y malvados, y engañan a sus esposas con otras mujeres.
¡Tampoco soy como ese cobrador de impuestos!
Yo ayuno dos veces por semana  y te doy la décima parte de todo lo que gano.”
El cobrador de impuestos, en cambio, se quedó un poco más atrás. Ni siquiera se atrevía a levantar la mirada hacia el cielo, sino que se daba golpes en el pecho y decía:
“¡Dios, ten compasión de mí, y perdóname por todo lo malo que he hecho!”
Cuando terminó de contar esto, Jesús les dijo a aquellos hombres: «Les aseguro que, cuando el cobrador de impuestos regresó a su casa, Dios ya lo había perdonado; pero al fariseo no. Porque los que se creen más importantes que los demás, son los menos valiosos para Dios. En cambio, los más importantes para Dios son los humildes.» Sn. Lucas 18:10-14 TLA

Los dos hombres fueron invitados a entrar en la Presencia de Dios. Ambos colocaron sus prioridades delante de su Señor. Cada uno tenía su motivación, recibiendo la respuesta a su oración. Uno quería congraciarse con Él, el publicano quería ganar su corazón. Uno quería poner sus obras, él otro quería abrir su corazón; uno se sentía digno y orgulloso de sus logros personales; el recaudador sabía que tenía una sola oportunidad de humillar su corazón y que la Misericordia hiciera su parte.

Cada oración nos habla de lo que había en cada corazón. Mientras el fariseo dio un portazo en la puerta del Cielo, el cobrador de impuestos, entró sigilosamente ante Dios a exponer sus necesidades. Observe:

Oración del Fariseo
a) Llena de orgullo: “…Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres.”
La soberbia tiene sus propios estándares. Los pecados ajenos siempre son mayores a los nuestros. Dios necesita de nosotros. La perfección hecha a mano. Nosotros como el sello de la creación de Dios. Orgullosos de nuestra humildad. Sin embargo, nuestra integridad cuelga de un pequeño hilo a punto de romperse. Nuestra intimidad tiene el mismo olor al basurero municipal. El orgullo es lo más aborrecible delante de Dios, de hecho, el fariseo tenía que haber leído este versículo:
Dios mío, tú estás en el cielo, pero cuidas de la gente humilde; en cambio, a los orgullosos los mantienes alejados de ti.” Salmos 138:6

Desde ese momento el fariseo perdió la conexión directa. Prefirió ufanarse de sus éxitos que entrar y conversar con su Padre. Perdió la oportunidad de encontrase con su Dios.

b) Llena de Necesidad de atención“…Ellos son ladrones y malvados, y engañan a sus esposas con otras mujeres…¡Tampoco soy como ese cobrador de impuestos!
El fariseo creyó que al decir estas palabras Dios se paró de su trono y empezó a ser reverencias y aplaudir que había un hombre consagrado y puro. Pensó que no tomar cosas ajenas era suficiente, que no tener otra esposa iba más allá del límite. Sin embargo, surgen las preguntas ¿cuántas veces vio a una mujer con lujuria?, ¿cuántas veces deseó el ministerio, casa o bendiciones de otro?

No hay nada peor que necesitar atención y compararse con otros. Dios no nos compara con nadie. No necesita nuestras justificaciones. Nuestras mejores acciones son como el trapeador de la casa. Lo puedes lavar, pero jamás lo ocuparías para colocarlo en la mesa de tu casa. Aun nuestras mejores obras son como un trapo sucio; hemos caído como hojas secas, y nuestros pecados nos arrastran como el viento.” Isaías 64:6 TLA.

No te presentes ante Dios mostrando tus mejores cartas. Muéstrate delante de él, tal y como eres. Él no sólo te limpiará. Él te renovará.

c) Llena de falsa espiritualidad: “…Yo ayuno dos veces por semana…”
La falsa espiritualidad se disfraza de religión. Más reglas que gracia. Más disciplina que misericordia. Más justicia que amor. Cumplir los mandamientos y normas es lo principal. Pero cumplir por cumplir, hacer por hacer. Se mira como una obligación más que como una muestra de amor y adoración. Sino cumples te condenas, sino haces lo que correcto te enfrentarás al castigo. El resultado final es amargura, tristeza y lejanía con Dios.

Martín Lutero lo experimentó. Por más que se esforzará, su integridad no lo hacía sentir más cerca de Dios. Por más dolor que experimentaba en el monasterio y sus prácticas ascéticas, Dios se convertía más en su enemigo. No fue hasta que entendió que Cristo hizo los méritos y él debía confesar, arrepentirse y seguirlo. Fue hasta ese momento que se convirtió de un religioso a un verdadero discípulo de Jesús.

La religiosidad siempre te llevará a sentirte más que los demás, pero lejos de Dios. No llegues antes Dios solo por cumplir con el ritual. Sólo por salir del compromiso. Preséntate ante Él con tu mejor ofrenda y con el corazón más sincero posible y verás que tu alma se llenará de paz.


!!Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.” Mateo 23:25 RVR1960

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