Reflexión: No Tenemos Idea de cuánto nos Quiere Dios.

"Tú vales mucho para mí, te estimo mucho, te amo. He dado gente para poder tenerte, y naciones para rescatarte con vida." Isaías 43:4 

Hay frases que se escuchan. Otras, en cambio, parecen atravesar el pecho. En la película de 2017, La Cabaña, cuando Eloísa —la forma en que Mack percibe a Dios— lo mira con infinita ternura y le dice: "Y no tienes idea de cuánto te quiero", no está pronunciando una simple expresión de afecto. No es llenar un espacio. No lo dice porque quiere quedar bien. Es Dios abriendo su corazón y diciendo la verdad más grande de la historia. 



Está enfrentando la mentira más antigua que el dolor ha sembrado en el corazón humano: "Dios ya no puede amarme después de todo lo que pasó.", “Dios dice que su mayor cualidad es el amor, pero me dejo sufrir, así que el amor de Dios es el mayor fiasco de la historia” Quizá esa sea la herida más profunda de todas. No duele la pérdida. No hiere el fracaso. La traición nos hace sentir mal, pero no es lo que nos frustra. En verdad lo que el ser humano específica como lo más doloroso es creer que nuestro sufrimiento es evidencia de que Dios dejó de amarnos. Pero Isaías 43 rompe ese silencio con una declaración que no nace de la emoción, sino del corazón eterno de Dios: "Tú vales mucho para mí... te estimo mucho, te amo." No dice: "Te amaré cuando entiendas mis caminos". Tampoco dice: "Te amaré cuando dejes de llorar, cuando tengas suficiente fe o cuando ya no me cuestiones". Dice simplemente: "Te amo." Te amo porque estoy interesado en ti, no en cuanto conocimiento, o cuanta pasión me demuestres. 

Existe una mentira muy sutil que muchos creyentes llevamos en el corazón: pensar que, si nos portamos bien, Dios está obligado a amarnos más y a hacer que todo nos salga bien. Es la misma lógica del fariseo en la parábola de Jesús: creer que la obediencia genera derechos delante de Dios. Sin embargo, el amor de Dios no nace de lo que nosotros hacemos, creemos o merecemos; nace de quien Él es. Él mismo define el amor. Por eso ama al que ha permanecido fiel durante toda su vida y también al que cada día vuelve cubierto por la fetidez del pecado. Desde nuestra lógica humana esto parece injusto, porque solemos medir el amor por los méritos. Pero todo cambia cuando pensamos en un padre o una madre. ¿Acaso aman más al hijo que obtiene las mejores calificaciones que al que lucha cada día por aprender? No. El amor verdadero no selecciona por cualidades ni se distribuye según el rendimiento. Se ama porque se ha decidido amar. Y esa es la diferencia entre nuestro amor y el de Dios: nosotros solemos amar por lo que las personas hacen; Dios ama por lo que Él es. Su amor no es el premio de una vida correcta, sino el fundamento desde el cual comienza a transformarnos.

Precisamente porque el amor de Dios no depende de nuestros méritos, tampoco queda anulado por nuestras heridas. Hay personas que llevan años viviendo como si fueran un error. Caminan sonriendo por fuera, pero por dentro creen que son demasiado rotas para ser abrazadas por Dios. Piensan que el abandono que sufrieron define su identidad, que el abuso que vivieron escribió su valor o que el pecado que cometieron canceló para siempre el amor del Padre. Pero Dios nunca ha permitido que tus heridas tengan la última palabra sobre quién eres. Antes de que el dolor intentara darte un nombre, Él ya te había llamado hijo. Antes de que el pecado te hiciera sentir indigno, Él ya había decidido amarte. Porque el amor de Dios no espera a que seas digno para acercarse a ti; es precisamente su amor el que comienza a devolverte la dignidad que creías perdida.

Esto también, detallo para que quede claro: El amor de Dios no consiste en ignorar que el mal existe. 

No es un amor ingenuo que llama bueno a lo que destruye. Él odia el mal precisamente porque ama profundamente a quienes el mal ha herido. La cruz es la prueba de ello. Dios no justificó el pecado; lo cargó sobre sí. No minimizó el dolor; entró en él. No observó nuestras lágrimas desde la distancia; decidió llorar con nosotros y entregar a su propio Hijo para abrir un camino de regreso a casa. Por eso, cuando Dios dice: "Tú vales mucho para mí", no está inflando nuestra autoestima. Está revelando cuánto está dispuesto a pagar por recuperarnos. Nosotros solemos medir nuestro valor por lo que producimos, por quienes nos aceptan o por los errores que arrastramos. Dios lo mide por el precio que estuvo dispuesto a entregar para llamarnos hijos. Y ese precio fue Cristo. Quizá llevas años intentando convencerte de que eres digno de amor. Tal vez buscas desesperadamente que alguien llene ese vacío con palabras de aprobación. Sin embargo, ninguna voz humana puede sanar lo que solo la voz del Padre puede restaurar. 

Imagina por un momento que Dios pudiera sentarse frente a ti, mirarte directamente a los ojos —conociendo cada pecado, cada fracaso, cada lágrima escondida y cada noche en que pensaste rendirte—. ¿Qué crees que diría? Tal vez esperarías un sermón. Esperarías un reproche. Esperarías silencio; pero el Evangelio nos sorprende una vez más. Probablemente escucharías algo muy parecido a aquellas palabras de La Cabaña: "Y no tienes idea de cuánto te quiero." Porque nosotros creemos conocer el amor de Dios... hasta que el dolor llega. Entonces pensamos que ese amor tiene límites. Pero no los tiene. No tienes idea de cuánto te quiso cuando formó tu vida en el vientre de tu madre. No tienes idea de cuánto te buscó en los días en que tú corrías lejos de Él. No tienes idea de cuántas veces sostuvo tu vida cuando ni siquiera sabías que estabas siendo sostenido y todavía no tienes idea de cuánto te amó al entregar a Cristo por ti. 

Quizá nunca logremos comprender plenamente ese amor en esta vida. Es demasiado alto para nuestra razón, demasiado ancho para nuestras categorías, demasiado profundo para nuestras heridas. Pero sí podemos descansar en una certeza y eso es que, si hoy tu corazón está roto, si sientes que ya nadie podría encontrarte donde estás, si piensas que el dolor borró tu nombre delante de Dios, escucha nuevamente las palabras del Señor: "Tú vales mucho para mí... te estimo mucho... te amo." Y aunque hoy no puedas creerlo del todo... Aunque las lágrimas no te dejen verlo... Aunque las preguntas sigan sin respuesta... Hay una verdad que permanece inalterable desde antes de la fundación del mundo y que seguirá siendo cierta cuando todo lo demás desaparezca: No tienes idea de cuánto te quiere Dios.

Publicar un comentario

0 Comentarios