"Porque para mí el vivir es Cristo..." (Filipenses 1:21).
Hay una pregunta que atraviesa el alma como una espada: ¿para qué estoy aquí?, desde grandes pensadores, maestros, personas comunes, predicadores, se han hecho la misma pregunta, han corrido ríos de tinta tratando de explicar, miles de horas de exposiciones, tratando de generar contenido que permita que las personas conozcan su fin en esta tierra. Casi siempre el mundo la responde con palabras grandes y vacías. Habla de éxito, de realización personal, de alcanzar sueños, de construir una marca, de dejar un legado. Lo cual, no tiene nada de malo, pero es probable que la respuesta la encontremos en Cristo.
Todo propósito que no nace en Él termina muriendo con nosotros. Quizá por eso la Escritura nunca presenta hombres obsesionados con encontrarse a sí mismos. Abraham salió sin saber adónde iba. Moisés renunció a un palacio para caminar con un pueblo rebelde. David pasó mucho tiempo huyendo que reinando. Jeremías lloró más de lo que celebró. Pablo terminó encadenado. Y, sin embargo, ninguno de ellos desperdició su vida, porque el propósito jamás consistió en vivir para ellos mismos. Vivieron para Dios. Y esto no es una idea etérea que hay que dejarse llevar por el destino, la suerte o el azar. No hablo de esto, porque generaría gente sin proyectos, sin criterio, que son llevados como hojas al viento. Sino saber que cada paso que damos, cada decisión que tomamos, cada vez que nos esforzamos, estamos labrando un destino que no termina en nosotros, sino en nuestro Señor.
En nuestros días se habla mucho del ikigai, esa palabra japonesa que intenta describir la razón por la que vale la pena levantarse cada mañana. La idea contiene una intuición profunda: el ser humano necesita un propósito para vivir. Sin embargo, la Biblia va mucho más lejos. El creyente no busca un propósito dentro de sí; lo recibe de Aquel que lo creó; por lo que, el ser humano no vive porque encontró su misión. Sino porque en Cristo encontramos u obtenemos una razón por la cual seguir y cuando Cristo ocupa el centro del corazón, aparecen tres llaves que abren la puerta de una existencia plena: el servicio, la entrega y la fidelidad.
La primera llave: el servicio
El Reino de Dios comienza donde termina el ego. Jesús, el Señor del universo, tomó una toalla, se inclinó delante de hombres que horas después lo abandonarían y les lavó los pies (Juan 13:1-17). Nunca la grandeza había vestido ropas tan humildes. Muy pocas veces en la historia vimos a la realeza inclinada, pero el Creador, el dueño de todo lo creado y por crear, no escatimó su poder y demostró que la grandeza no depende de lo que tengo, sino de lo que hago por otros. El Hijo eterno no vino buscando quién alabara su nombre, sino buscando a quién servir "Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos" (Marcos 10:45). Esos pescadores que unas horas después de este acto iban a huir despavoridos, que iban a negar a su Maestro, que el temor nos los iba a dejar hacer nada por el dolor de su señor, ninguno de ellos merecía este acto de amor; sin embargo, el amor nunca consulta los méritos antes de inclinarse.
Servir no es hacer cosas para Dios. Es parecerse a Cristo. El servicio rompe el espejo donde continuamente queremos contemplarnos. Nos obliga a mirar el dolor ajeno, las lágrimas ocultas, las cargas silenciosas y las heridas que nadie más ve. Quien sirve deja de preguntarse: "¿Qué puedo recibir?" y entonces nace una nueva visión de la vida que le pide preguntarse: "¿Cómo puedo amar?".
El servicio no busca reconocimiento porque ya encontró su recompensa en la sonrisa del Padre “…Entonces Dios nos dará el premio que merezcamos.” 1° Corintios 4:5. Hay personas cuyo nombre jamás aparecerá en un libro de historia, pero cuyo paso por esta tierra hizo más habitable el mundo para quienes las rodeaban. Tal vez nadie recuerde sus discursos, pero muchos jamás olvidarán cómo fueron amados por ellas. Eso sin lugar a dudas es propósito.
La segunda llave: la entrega
En el Salmo del amor del Nuevo Testamento, que es 1° Corintios 13, escrito genialmente por el apóstol Pablo, nos habla del amor, pero no de un amor simplemente emocional, sino del amor que entrega. Hace una diferencia inmensa entre dar algo y darse uno mismo. No importa lo sabio que sea. No importa lo valiente de mi carácter. No importa que todo lo que tenga, lo done, si no hay entrega. Y esta llave da propósito, porque muchos ofrecen tiempo, pero muy pocos ofrecen el corazón.
La entrega nunca calcula cuánto puede dar sin perder demasiado y el más claro ejemplo de esto es el amor de Dios se vació por completo para que nosotros pudiéramos ser llenos de su gracia. Jesús dijo: "Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos" (Juan 15:13). Entonces se puede decir que la cruz no fue un accidente. Fue una decisión de amor. No hay medias tintas. No hay forma de decir, no lo haré, no volveré, no quiero amar. Todo esto es complicado porque la entrega siempre duele. Duele perdonar cuando el orgullo exige venganza. Duele permanecer cuando sería más fácil huir. Duele obedecer cuando nadie comprende. Duele amar cuando no somos correspondidos. Pero toda entrega hecha por Cristo nunca se pierde.
Jim Elliot escribió antes de entregar su vida anunciando el evangelio entre los huaorani: "No es ningún necio quien entrega lo que no puede conservar para ganar lo que no puede perder." Así que esta llave te abre tu corazón. La entrega significa permanecer cuando sería más fácil abandonar. Significa amar cuando el corazón ha sido herido. Significa obedecer cuando nadie entenderá nuestra obediencia.
La tercera llave: la fidelidad
"Bien, buen siervo y fiel..." (Mateo 25:23).
La fidelidad es esa capacidad de ser constantes a pesar de cualquier obstáculo. De cualquier deseo o fascinación, nos permite seguir perseverando no importando lo que suceda, aun me haga perderlo todo. Es Oseas casándose con una prostituta, sin quejarse, sabiendo todo lo que viene. Es la madre que ora cuando todos duermen. Es José en un mundo totalmente ajeno, pero siendo capaz de vencer las arremetidas de la lujuria que una mujer poderosa le propone. Es el anciano que sigue leyendo la Biblia con manos temblorosas. Es el maestro que prepara una clase aunque nadie le agradezca. Es Elías caminando hacia el Monte Horeb aunque su corazón decía: ¡Basta! Es el creyente que sigue adorando mientras el dolor rompe su pecho. La fidelidad es el idioma que entiende el cielo y que hace sonreír a Dios.
Charles Spurgeon decía que la perseverancia es la prueba de la sinceridad de la fe. Y tenía razón. Cualquiera puede caminar con Cristo cuando el camino está cubierto de flores. La verdadera fe se revela cuando los pies sangran y, aun así, seguimos avanzando porque sabemos en quién hemos creído. La fidelidad es seguir caminando cuando ya no quedan aplausos. Es seguir creyendo cuando no quedan respuestas. Es seguir obedeciendo cuando el corazón está cansado.
¿Cómo terminar esta reflexión?
Después de leer estas líneas, quizá descubras que el propósito que buscaste durante tantos años nunca estuvo escondido en un gran sueño, en una profesión, en un cargo o en un proyecto extraordinario. Tal vez siempre estuvo mucho más cerca de lo que imaginabas.
Estuvo en ese nudo en la garganta al contemplar una injusticia y comprender que no podías permanecer indiferente. Estuvo en esas horas que decidiste regalar a alguien que necesitaba ser escuchado, aunque eso significara renunciar a tu descanso o a tus propios planes. Estuvo en aquella decisión silenciosa en la que sabías que hacer lo correcto implicaría perder comodidad, reconocimiento o incluso oportunidades, y aun así elegiste obedecer a Dios.
Porque el propósito nunca comienza cuando alcanzas una meta; comienza cuando dejas de vivir únicamente para ti y empiezas a vivir para Aquel que dio su vida por ti, sirviendo a los demás con el mismo amor con el que Cristo te sirvió.
Quizá esa sea la mayor paradoja del Evangelio: el propósito no se encuentra mirando hacia uno mismo, sino olvidándose de uno mismo por amor a Cristo. El propósito siempre estuvo allí. En el servicio que no esperaba aplausos. En la entrega que no llevaba la cuenta de lo que había dado. En la fidelidad que permanecía firme cuando todos los demás habían decidido marcharse.
Sin embargo, sería un error pensar que vivir con propósito significa llegar a un lugar donde desaparecen el sufrimiento, el cansancio o las renuncias. Mientras caminemos por este mundo, seguiremos enfrentando luchas, lágrimas y momentos en los que servir costará, entregarse dolerá y permanecer fiel exigirá toda nuestra confianza en Dios. La diferencia no es la ausencia de dificultades, sino la presencia de Cristo sosteniéndonos en medio de ellas.
Hay una verdad que no debemos olvidar: quien sirve sin entregarse termina agotado, porque el servicio se convierte en una obligación. Quien se entrega sin fidelidad termina abandonando el camino, porque las emociones no bastan para sostener una vida. Y quien intenta ser fiel sin amar convierte la obediencia en una pesada carga, olvidando que el amor es el motor de toda verdadera perseverancia.
Pero cuando el servicio nace del amor, la entrega es impulsada por la gracia y la fidelidad encuentra su fuerza en Cristo, el propósito deja de ser una meta lejana para convertirse en una manera de vivir. Ya no se trata de perseguir una vida extraordinaria, sino de vivir cada día de una forma que glorifique a Dios.
Y cuando el último latido anuncie que tu peregrinación ha terminado, descubrirás que el mayor propósito de tu vida nunca fue llegar a un lugar, sino caminar cada día detrás de Cristo. Porque una vida de servicio, entrega y fidelidad jamás termina en la tumba; florece en la eternidad, donde el Señor recibirá a los suyos con las palabras que todo corazón anhela escuchar:
"Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor" (Mateo 25:23).
%20(40).png)
0 Comentarios
Manda tus comentarios del blog, puedes escribir tus testimonios, o historias que desees.