
Cuando hablamos
de bondad, no hay mejor ilustración que la de David hacia el hijo de su mejor
amigo Jonatán, llamado Mefi-Boset. Más de 12 años han pasado desde que dos amigos se
hicieron una promesa: Cuida a mi familia, Sé que Dios te exaltará, pero no
olvides a tu amigo. 1ª Samuel 20:12-17. David no podría dejar de cumplir esa promesa y
cuándo fue el momento justo lo hizo. David trató con bondad al nieto del hombre
que había querido matarlo desde su juventud, que había destrozado su familia,
que lo había hecho llorar, fingir ser loco, lo desterró de su tierra. Sin
embargo, David no olvidó la bondad de su amigo y llevó a un muchacho lisiado,
sin futuro, sin renombre a su casa y lo trató como su hijo. Un acto de bondad,
siempre tiene una recompensa.
Hagamos siempre
el bien a otros. No importa quién sea, su edad u otras características. La
bondad siempre tiene la característica de cambiar el rumbo de una vida. Ese
joven solitario que se sienta solo todos los días. Esa mujer que hemos visto
llorar. Ese hombre sentado en el parque. Ese(a) vecino(a) que vemos, pero no
sabemos su necesidad. No es necesario ser misionero, ser voluntario de la Cruz
Roja, para hacer actos de bondad. No se necesitan cámaras, reflectores ni
medios de comunicación. Sólo se necesita un corazón comprometido, un corazón
transformado por el Espíritu Santo.
Esto me recuerda una historia muy conocida:
Un
joven que pagaba sus estudios trabajando de vendedor ambulante, sentía hambre
pero no tenía dinero para almorzar. Decidió vencer la vergüenza que le daba
mendigar y pedir algo de comer en la próxima puerta que tocase. No obstante,
perdió su nervio cuando una hermosa joven le abrió la puerta. En lugar de
pedir comida pidió solo un vaso de agua.

Firmado:
Dr. Howard Kelly.
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