Susurro del Cielo: Cuando la Gracia venció a la Culpa

Gracias a Sus heridas recibimos la paz. 
La paz que la vergüenza y la culpa nos habían arrebatado. 
Aquello que nos alejó… lo que nos robó la esperanza. 
Indignos. Rebeldes. Injustos. 
Esas eran nuestras etiquetas. Pero Él… siempre fue Justo. Santo. Señor. 
Y aun así, no se aferró a ningún título. 
Se compadeció de nosotros. 
Nos amó. 




Fue herido bajo el peso de la justicia divina. 
No era una ira irracional, destructora… era para alcanzar justicia. 
Lo Santo no podía convivir con el pecado. 
El mal nos vencía, nos hundía, nos desfiguraba. 
Nos separaba de Aquel que nos dio identidad. 
Era una condición imposible de resolver por nosotros mismos. 
Cargó con el castigo que nos correspondía. 
Mientras cada uno seguía su propio camino, 
Él decidió cubrirnos con misericordia. 
Nuestra inmundicia fue limpiada. Nuestra vergüenza transformada. 
Y lo que antes era indigno… se convirtió en fragancia de gracia. 

 Llevó nuestro pecado y lo lanzó a lo profundo del mar. 
Tomó la iniciativa: descendió, nos vio, nos comprendió. 
Nos ofreció una nueva oportunidad. 
Extendió su mano… y nos entregó su corazón. 

 Pagó todo. La deuda quedó cancelada. 
Ya no hay condena. Ya no hay separación. 
 Abrió Sus brazos… y logró lo imposible: 
Fundir la pureza de Su santidad con la belleza de Su amor. 
 Escribió una historia de redención que no tendrá final. 

 Abrió el paraíso. Encendió la esperanza. 
 Un día, todo dolor terminará. 
Él nos recibirá. 
No habrá más llanto, ni tristeza. 
 Multitudes se rendirán ante Su gloria, y entonces entenderemos… que todo valió la pena. 

Vivir será pleno. Verlo será eterno. Y permanecer en Su presencia… será suficiente. 
Él disipa el temor. Nos llama a seguirle. A soltarlo todo. A decidir. 
Nos ama tanto… que nos da libertad. 
Porque el amor verdadero no obliga, invita… espera… y permanece.

¿Y ahora qué haremos con esta oportunidad? 
 Dios ya hizo todo. La decisión está en nuestras manos. 
 Síguelo… 

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