Hace muchos años, en un pueblo del oeste norteamericano un hombre mató a un amigo en un momento de ira. Aquel hecho no se correspondía con su conducta habitual. Este hombre no tenía antecedentes penales. Era un ciudadano respetable, una persona estimada por todos sus conciudadanos.
El juez lo sentenció a morir en la horca.

Un par de horas más tarde el alcalde visitó al prisionero y le contó que el gobernador había estado allí con el documento de perdón. Profundamente desilusionado, el joven le escribió una carta al gobernador pidiéndole disculpas. El gobernador simplemente escribió en la parte superior de la carta: “Este caso no es de mi incumbencia” Cuando las autoridades finalmente llevaron al prisionero a la horca, alguien le preguntó: ¿Desea decir algo? Su respuesta fue escueta pero significativa: “No me llevan a la horca por mi crimen. Me van a ejecutar porque rechacé el perdón”.
Muchos nos quejamos de porqué Dios ha dejado el infierno como lugar de castigo para aquellos que no creen en Él, pero no nos damos cuenta que Él ha abierto las puertas de los cielos de par en par a través del sacrificio de Jesucristo en la cruz. No nos damos cuenta de nuestra ignorancia y nuestra altanería. No somos lo suficientemente buenos. No somos capaces de tomar buenas decisiones. Nuestra capacidad de evitar el pecado es la misma que la de un globo de soportar la punta de un pequeño alfiler. Hemos probado el amargo sabor de la culpa. La vez que golpeamos con objetos, manos o palabras a otros. La vez que infligimos una herida en el alma de nuestros seres amados. Esa culpa amarga que nos aleja de Dios, que cierra nuestros oídos al tierno sonido del perdón, que no nos permite ver los brazos abiertos de nuestro creador.

Así como el hombre de nuestra historia. Probablemente seamos irreprensibles. Nuestras palabras son tan blancas como la nieve. Nuestras acciones nos permiten ayudar a otros y darnos al 100%. Hemos sido boy scout o ganadores de premios de conducta y logramos denominaciones como "amigo de los pobres"; sin embargo, en algunas ocasiones la envidia ha tocado las puertas del corazón y la hemos dejado que se instale y tome control del corazón. Nos hemos sentido demasiado buenos y hemos dejado que el orgullo reine nuestras acciones. Ante tal situación, la balanza de nuestros errores siempre será mayor que lo bueno que podemos hacer. Así que solo hay una solución: La cruz. El lugar donde una ejecución y un lugar de muerte para Cristo se convirtió en el lugar donde encontramos vida. Donde sucedió el momento más oscuro de la humanidad, iluminó nuestra eternidad. Un lugar donde hubo burlas, golpes y ofensas, se convirtió en el lugar donde la santidad adquiere un significado hermoso.
En fin, es muy fácil ser malo, pero es aún más fácil ser perdonado. Solo creer en Cristo y dar un giro radical a la vida. Una nueva vida en Cristo pasa por que el corazón crea y la mente actúe diferente. Significa tomar la cruz y seguir a Cristo. Batallar día a día contra el pecado. No dejar de pecar pero acudir siempre a la fuente de misericordia y vivir confiando en Jesús. Así, al momento de llegar a la eternidad evitaremos decir las palabras del hombre de nuestra historia: “No me llevan a la horca por mi crimen. Me van a ejecutar porque rechacé el perdón”.
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